Una Carta de dolor y de esperanza
En el culto de fin de año leí estos versículos de Isaías. Poco podía imaginar el significado que pocos días más tarde iban a tener para nosotros.
Diez días más tarde, nació nuestro segundo hijo. Como ocurriera con el primero, el parto fue prematuro (36 semanas) y por cesárea. Poco después de las ocho de la tarde vi aparecer por el pasillo una incubadora. Dentro iba mi niño. Nada más verlo, lo supe. Su cara me resultó evidente. Con los días, algunos de los rasgos se han atenuado, pero en ese momento era notorio: mi hijo tenía aspecto de Síndrome de Down.
Estaba sólo en el hospital. Al momento hablé con mis padres, y gracias a mi cuñado pudimos establecer una comunicación múltiple entre mis hermanos, mis padres y yo. Nadie podrá saber completamente lo que significaron las conversaciones telefónicas de esa noche. En medio de las felicitaciones no pude callarme mis sospechas. Al rato sacaron a mi esposa. "øLo has visto?", pregunté, esperando no sé qué exactamente, pero ella no lo había visto muy bien. No dije nada. Tampoco le dije nada a mi suegra, cuando le informé de que ya había nacido.
En el pasillo, sentado, esperando, comenzaba a crecer dentro de mí una angustia y un dolor profundos; decepción, soledad. Pero tenía que ir a saber del niño. Me pidieron que esperara: tenían que hablar conmigo. Mala señal.
Cuando salió la doctora me dijo que tenía algo que decirme. Le puse las cosas fáciles, "me imagino el qué", contesté. Fue amable y sensible. Las evidencias externas señalaban a un inequívoco Síndrome de Down, aunque no se puede asegurar nada totalmente hasta las pruebas cromosómicas. Lágrimas. Silencio. Dolor.
Entré a verlo, aunque lo que quería era correr hacia ningún sitio. Allí estaba, tan pequeño, indefenso... imperfecto, hermoso. Esto no puede estar pasando de verdad, pensé. Pero era mi niño. No podía contener mi llanto, pero tampoco podía apartarme de él. Lo sacaron de la incubadora y pude abrazarlo. Observaba su cara... sus rasgos... su lengua. °°Oh Dios mío, øqué iba a ser de él, y de nosotros?!!
øQué pasó después? øPor qué no caí en lo que había supuesto en mis fantasías de terror: desesperación, ira, rebeldía, pozo profundo? No sé cómo, pero la Gracia de Dios me sostuvo. En mi mente surgieron varias ideas con claridad: øPara qué tener fe si no sirve cuando la necesitas, si no la aplicas? Me acordé de la historia de Job. Sólo tienes dos opciones, me dije: o maldices a Dios y te mueres, o lo que es lo mismo, te hundes en el abismo de la incredulidad y la amargura; o crees en él aunque te mate, aunque no entiendas nada. Pensé también: ahora no necesito comprender, no quiero preguntas, no necesito respuestas. Sólo sé que necesito vivir esto junto a mi Dios. Nada más. Como alguien me escribió después, "Sólo una fe totalmente desnuda de razones puede ver en la oscuridad y conformarse con aquello de "Lo que yo hago tú no lo sabes ahora, mas lo entenderás después." (Jn. 13:7).
Supongo que si esto me hubiera pasado hace algunos años mi reacción hubiera sido diferente. Los interrogantes filosóficos, teológicos y emocionales que plantea el problema del mal han estado presentes en mi mente durante mucho tiempo. Aunque no es ahora el momento de profundizar en ello, considero que en la Biblia hay respuestas satisfactorias que pasan por el Amor inmenso de Dios demostrado en la Cruz. él también ha sufrido. No hay escapatoria. øPor qué iba a librarme yo? Al fin y al cabo, lo peor no es que ocurran desgracias, sino que nos toquen a nosotros øno es cierto? Pero los cristianos deberíamos ser los menos sorprendidos por estas cosas. Seguimos viviendo a este lado del Edén, aún no hemos llegado al lugar que él nos está preparando.
Mi esposa estaba en reanimación. Salí a pasear y llamé para preguntar por mi hijo mayor. Qué iba a implicar para él, me preguntaba. Regresé casi a la vez que llegaba mi suegra. Se lo dije. Casi sin tiempo para reaccionar, apareció mi esposa. No sabía cómo decirle lo que pasaba, pero no podía ocultárselo (como ella me dijo después, en cuanto me vio sintió que algo pasaba). Nos quedamos a solas en la habitación. "øQué pasa?øEstá muerto?", preguntó. "No, cariño, nuestro niño tiene Síndrome de Down". El dolor, los sentimientos de esos momentos y muchos posteriores no se pueden expresar con palabras. Pero estábamos juntos, en lo bueno y en lo malo.
No queríamos estar con nadie. Cada visita era un reabrir la fuente de nuestras lágrimas. Pero también necesitábamos a los nuestros. Mi hermano apareció de improviso. En cuanto supo lo que ocurría, se vino en una noche espantosa para viajar. Pocas bendiciones de Dios son comparables a una familia que se quiere. Todos estuvieron a nuestro lado.
Y en medio de todo, sin saber cómo, sentimos esa paz de Dios que supera nuestra capacidad de comprensión; recibimos fuerzas cuando no teníamos ninguna; sus alas nos cobijaron y confortó nuestro corazón aun cuando la tristeza seguía ahí. No puedo explicarlo, no es nada que nosotros pudiéramos hacer, fue su Gracia la que nos tomó entre sus brazos y nos susurró: no temáis, yo estoy con vosotros. A veces he deseado ver el poder de Dios en acción; pues bien, en estos días lo he visto con mayor evidencia que un trueno, en la brisa apacible que sopló en nuestras almas.
En los días sucesivos recibimos un torrente de amor: llamadas, correos electrónicos, mensajes... nos llenaron de cariño y consuelo. Es difícil sentirse más querido. No podríamos enumerar todas las muestras de amor que recibimos en esos días, pero hubo algunas frases que jamás podremos olvidar.
Hay un regalo que ocupa un lugar especial en nuestra casa: un marco con el texto bíblico que encabeza esta carta. En verdad la Palabra es viva y eficaz y llega hasta el alma. Alguien nos escribió: "Los regalos de Dios no siempre vienen en paquetes grandes ni es fácil reconocerlos como tales". Nunca olvidaremos las muestras de cariño de esos días. Dios nos ha bendecido con una familia física y espiritual maravillosa, y unos amigos de verdad. Muchas gracias a todos.
Hasta aquí nos ayudó el Señor. No sabemos lo que vendrá. Hoy más que nunca dejamos de hacer planes y esperamos en él, día a día. Seguro que habrá momentos difíciles, que muchos de nuestros anhelos no serán cumplidos, y sí otros que nunca habríamos imaginado. Pero venga lo que venga, queremos vivirlo en la compañía de nuestro Señor, con esperanza y fe, y compartirlo con las personas que él ha puesto a nuestro lado.
Mi esposa escribió hace unos días: "Ha habido momentos muy oscuros y tristes, pero tengo que decir que han pasado. Nadie escogería pasar por algo así, por supuesto, pero ésta ha sido la ocasión de experimentar que las cosas teóricas sobre las que creía, y levemente había vivido, son reales. Es real el amor, el consuelo y el cuidado especial que Dios tiene de sus hijos. Sólo él puede haber hecho posible una asimilación tan rápida. Sólo él puede haber llenado nuestro corazón de amor por nuestro hijo. Sólo él nos puede haber dado fuerzas y la seguridad de que estará con nosotros, venga lo que venga, porque todo esto es idea suya. Nuestro agradecimiento por la familia que somos es auténtico. Estamos agradecidos por poder compartir nuestra vida juntos, por el amor que nos une y que se ha fortalecido en estos días, por nuestro primogénito, un tesoro; por nuestro nuevo hijo, otro tesoro".
Por cierto, después de meses de deliberaciones sobre su nombre, le llamamos Samuel, porque nos gusta y porque "Dios ha escuchado nuestra petición"; pero también David, porque queremos que siempre sepa que es "amado", por nosotros y por Dios.
Nos despedimos con la letra del himno que escuchamos al llegar a casa:
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De paz inundada mi senda esté o cúbrala un mar de aflicción;
cualquiera que sea mi suerte diré: estoy bien, tengo paz, gloria a Dios. Ya venga la prueba o me tiente Satán, no mengua mi fe ni mi amor, pues Cristo comprende mis luchas, mi afán, y su sangre obrará en mi favor. Estoy bien, gloria a Dios. Tengo paz en mi ser. Gloria a Dios. Mi fe tornaráse feliz realidad al irse la niebla veloz, desciende Jesús con su gran majestad, °Aleluya! Estoy bien con mi Dios. Estoy bien, gloria a Dios. Tengo paz en mi ser. Gloria a Dios. |