Su humillación: "Mas yo soy gusano y no hombre"
DAVID VERGARA

    Cuando Jesús dice "Yo soy...", nos muestra nuevas facetas de su persona. Quien ha declarado ser la Luz del mundo, el Pan de vida, el buen Pastor, la Verdad, etc, utiliza un término en la cruz que no querernos relacionar con él ni por un segundo. La palabra "gusano", hace que enmudezcamos y pensemos en algo despreciable (Sal. 22:6; Is. 53:3). El Hijo del Hombre, se presenta como alguien inferior a la más hermosa de sus criaturas, llegando a considerarse un gusano, ni siquiera un hombre. La razón estriba en que siendo Santo carga con la suciedad del pecado, y en que los hombres no le guardan respeto Sin embargo.' la palabra que se traduce por gusano, es "escarlata o carmesí" (Ex. 25:4; Is 1:18>. Se trata de una alusión al gusano escarlata, el cual cuando ha gestado las larvas, se sitúa en la madera de un árbol para protegerlas por medio de su cuerpo, y allí da su vida en el momento que éstas nacen. Al morir, deja escapar un fluido rojo que se recoge para el tinte carmesí.

   Cristo se humilló a sí mismo (Fil. 2:8), se autolimitó al usar los atributos de la deidad dependiendo completamente de la voluntad del Padre: "No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre" (Jn. 5:19). Así también oraba para revelar su voz: "el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar" (Jn. 12:49-50). Como Siervo, su dependencia fue la que debe vivir cualquier hijo de Dios: "Yo hago siempre lo que le agrada" (Jn. 8:29). Por esto, Cristo es el autor y consumador de la fe, es decir, la referencia perfecta para vivir nuestra relación de obediencia a Dios (He. 12:1-3).

   Pero aunque el Hijo supeditó el ejercicio de los atributos divinos a lo que el Padre le mandó, esto no rebajó a la deidad en esencia u obras: "El que me ha visto a mi, ha visto al Padre", "Todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente" (Jn. 14:9; 5:19). Jesucristo siempre ha sido Dios, sin embargo, no estimó el ser igual a Dios como un argumento válido al que aferrarse, y se hizo semejante a los hombres. Lo triste es que sus criaturas le trataron sin la dignidad que él mismo les otorgó como Creador al hacerlas a su imagen. Nuestro amado Salvador se humilló hasta lo sumo; incluso su muerte, para un judío era siguo de maldición (Dt. 21:23; Gál. 3:13). No obstante, en la cruz se realiza la obra más maravillosa. A pesar de que los hombres no lo perciban, se está consumando el milagro de la vida, la redención del hombre. Cristo da su vida por nosotros, su sangre se derrama y alcanza a todos los que únicamente quieren acogerse a su persona y obra, para nacer de nuevo.

   Ayer, hoy, y por los siglos, Cristo es el Señor. Los redimidos, agradecidos, nos postramos ante el que ha sido exaltado hasta lo sumo, y se ha sentado a la diestra del Padre. Jesucristo es digno de toda nuestra adoración. °Aleluya!