Los claroscuros proféticos
(Editorial publicado noviembre de 2001)

    Varios de nuestros lectores nos han comentado la oportunidad, u "oportunismo", de la portada del pasado número 200 de EC, creyendo que era una demostración de "agilidad periodística", incorporando casi de inmediato al siniestro suceso del 11-S una imagen alusiva al herido corazón financiero de Nueva York. Los que conocen nuestros exiguos medios técnicos y humanos, comprendieron enseguida que dicha portada estaba compuesta con anterioridad a la catástrofe, lo que ha motivado algún comentario jocoso sobre las aparentes facultades premonitorias del responsable de la composición, Sergio de Lis.

    Esperamos que todo esto no haya desvirtuado la intención alegórica de dicha portada, que quedaba explicada en "nuestro rincón": nuestra dependencia mendicante de Ýlos recursos que el Señor ha ido proveyendo por más de cincuenta años, tomando como contraste la manifiesta opulencia de la sociedad occidental.

    Aunque no creemos que deba calificarse el hecho de mera coincidencia fortuita -nuestras vidas y ministerio no están al influjo de las veleidades de la Fortuna, sino al amparo del Dios de toda providencia- tampoco queremos llevarlo más allá de algo anecdótico, pero que puede resultar aleccionador.

    Mucha tinta se ha vertido ya sobre la tragedia de Nueva York y sus consecuencias, analizando el suceso desde distintos ángulos: políticos, sociales, religiosos, etc. Y como era de esperar, cada uno viéndolo "según el color del cristal con que se mira". Pero aunque no hay unanimidad, sí al menos un consenso mayoritario en cosas tales como: la repulsa unánime del terrorismo, aunque algunos señalan que debería erradicarse toda violencia, incluido el belicismo estadounidense; la vulnerabilidad del prepotente orden occidental; la necesidad de soluciones políticas y económicas al enorme desajuste entre occidente y oriente o norte y sur; la urgente solución del problema palestino-israelí, con un planteamiento menos partidista, o "sionista", por parte de occidente; o la clarificación, por parte de los países islámicos "moderados", de en qué medida rechazan los movimientos islámicos integristas de cualquier índole y están dispuestos a combatirlos.

    Por otro lado, también abundan las referencias al aspecto religioso de la contienda, no sólo por parte de los talibanes, llamando al mundo islámico a la "guerra santa", sino también por muchos analistas de occidente, que desde tiempo atrás vienen prediciendo una posible III Guerra Mundial, que tendría sus raíces o motivaciones religiosas, algo chocante en esta sociedad "postmoderna", presumiblemente laica y pluralista. Claro está, que en la mayoría de los casos, se trata de una mera crítica del laicismo occidental contra el orden moral "judeocristiano".

    No faltan tampoco los juicios de carácter "profético", desde las interpretaciones de determinados grupos evangélicos fundamentalistas, made in USA, a las que pretenden identificarlo con las predicciones espurias de Nostradamus, alguno de cuyos versos cabalísticos, de carácter enigmático, que se prestan a interpretaciones al gusto del consumidor, parece que viene también "al pelo" de este suceso.

    Sin pretender estar en posesión del don de profecía, y con muchas prevenciones hacia quienes lo pretenden, tampoco debemos pasar por alto las especiales circunstancias en que estamos inmersos desde la significativa fecha del 11 de septiembre, pues si bien no nos corresponde el conocimiento mismo de los tiempos y las sazones, sí la responsabilidad de atender a las señales.

    Según la calificación dada por Pedro a Ia palabra profética, precisamente en relación con nuestro conocimiento de Ia potencia y la venida del Señor, tenemos que conformarnos con una lámpara que brilla en lugar oscuro. La luz diáfana del día está por llegar, pero si ya albergamos en nuestros corazones al lucero de la mañana, no hay razón para ser sorprendidos, en sentido peyorativo, por su explosión luminosa, ajenos a las señales del alborear del gran día que deberían mantenemos despiertos.

    Ciertamente, la profecía no es una crónica anticipada y detallada de lo porvenir, pero tampoco un "galimatías", propio de los oráculos del paganismo o de las cábalas de los nostradamus al uso en nuestra sociedad, que desechando la Revelación sobrenatural por ser asunto de fe, o de credulidad, es sorprendentemente proclive a creer en las predicciones de los adivinos, agoreros, "futuristas", etc.

    Un examen cuidadoso del profetismo bíblico nos muestra el propósito de exhortación de la profecía, para la generación a quienes se les hizo entrega del mensaje y las subsecuentes, y también la prueba de fiabilidad mediante el cumplimiento, muchas veces al pie de la letra, tanto en la propia historia de Israel como en la venida del Mesías Siervo. Esto debería alertarnos respecto a aquellas profecías que están predichas con claridad acerca de su venida en gloria, con los acontecimientos que desencadenará.

    Sin olvidar, por otro lado, la debida cautela al tener que observar todavía en un solo plano, por aquello de la "perspectiva profética", acontecimientos venideros que pueden estar distantes entre sí. La proximidad de la celebración de la Navidad, nos invita a considerar la actitud expectante de los pocos que, como el anciano Simeón, "esperaban la consolación de Israel" mediante la venida del "Ungido del Señor ". Probablemente, esperaban que los acontecimientos se desarrollarían de otra forma, pero cuando lo vieron no tuvieron ninguna duda en la identificación.

    Y ahora nos toca a nosotros la espera de la "segunda fase", la de la Venida triunfal. Puede que a la luz de la "linterna profética", sea cual sea nuestro "esquema escatológico", cometamos algún error de interpretación en relación con los detalles, muchos de ellos todavía en sombras. Pero una cosa es cierta, "el que ha de venir vendrá, y no tardará ". Entre tanto nos toca "vivir por fe ", lo que entraña esperanza, anhelo y la actitud adecuada, para que la recepción sea gozosa y confiada, '"para que cuando se manifieste ... en su venida no nos alejemos de él avergonzados ".