øRelativismo o dogmatismo?
(Editorial publicado marzo de 2001)
Anteriormente al comentar el carácter y "contexto" del Documento Dóminus Iesus, hicimos referencia a la preocupación de la "Congregación para la Doctrina de la fe", romana, por el creciente relativismo que observan tanto entre seglares como eclesiásticos de esa Iglesia, que propugnan "... la idea de que todas las religiones son para sus fieles vías igualmente válidas de salvación". Al hacerlo, se reavivó nuestra propia preocupación por el relativismo protestante, que se hace cada vez más evidente en el comportamiento "ecuménico" de determinadas entidades y líderes, en sus actitudes y en sus manifestaciones públicas, que a veces dejan muy en precario la esencia misma del "evangelio de la gracia de Dios", manifestada en Cristo, que conlleva la única pero imprescindible condición del arrepentimiento y la fe para ser salvos, con la consiguiente responsabilidad por nuestra parte de advertir del peligro y señalar con claridad el remedio.
Algún caso hemos denunciado ya desde estas páginas en el que, sin llegar a "relativizar" las "doctrinas de la gracia" u otras tan fundamentales, sí dan un "sonido incierto" (Ez. 3:18; 1 Co. 14:8), tanto en comparecencias ante los medios como en comprometidos "compañerismos", que legitiman el relativismo ajeno (ya todos somos iguales o to er mundo é g¸eno), sirviendo de obstáculo al testimonio nítido del evangelio dado por las iglesias locales y por muchos creyentes de a pie. Como fue el del, para nosotros, lamentable hecho de la colaboración de dos entidades supuestamente evangélicas, y sostenidas con fondos de las iglesias evangélicas, con el Obispado católico-romano de Tenerife, que incluyó en el mismo paquete una imagen idolátrica. (Ver EC n° pág. 27.)
En el lado opuesto tenemos a los que haciendo bandera de puntos doctrinales distintivos, que en algunos casos no pasan de "sanciones de su particular mishnah, o de sus tradiciones talmúdicas", elevadas a la categoría de doctrina fundamental, arremeten con el celo propio del fundamentalismo islámico contra quienes no comparten sus peculiares dogmas, poniendo en duda incluso el nuevo nacimiento de otros creyentes, por un "largo de falda" o de cabello, una forma de culto o de "instrumentalizar" la alabanza, etc. Aunque a veces, los argumentos adquieren mayor contundencia defendiendo una interpretación bíblica exclusiva en temas doctrinales relacionados, por ejemplo, con la eclesiología o o la escatología, u otros sobre los que creyentes fieles e igualmente respetuosos con la Palabra han llegado a conclusiones distintas.
Vivimos sin duda tiempos difíciles para la fe. No la hay en el mundo y aparentemente, flaquea en la Iglesia. En tal situación, es fácil relajarse hacia una tolerancia indolente, que evita a toda costa "contender ardientemente por lafe que ha sido dada una vez a los santos" (Jud. 3). Pero respecto a la actitud contraria, a veces fruto de una reacción comprensible contra la primera, también advierte solemnemente la Escritura que la recepción mutua de débiles y fuertes, nunca debe dar lugar a una contienda de opiniones (Ro. 14:l) o a infructuosos debates (2 Ti. 2:14), juegos florales de palabras, cuya mera discusión sin fin ya demuestra eso... que no son más que cosas discutibles y no dogmas de fe.
Somos conscientes de la dificultad para establecer la linea divisoria entre lo fundamental y lo secundario, sin caer ni en el relativismo ni en el dogmatismo fundamentalista. La experiencia nos ha mostrado cómo lo que para algunos tiene una importancia relativa, para otros tiene un valor capital. Pero también la misma experiencia nos ha llevado a constatar cómo se puede mantener una auténtica comunión fraterna y fructífera colaboración con hermanos que sostienen, al igual que nosotros, las grandes doctrinas de la fe cristiana, según han sido recibidas a través de los siglos como la verdad revelada en la Palabra inspirada, y que siempre han sido credencial de los auténticos creyentes. Creemos que ésta debiera de ser la piedra de toque respecto a con quién podemos y debemos relacionarnos y con quién no, mientras que nuestros señas de identidad particulares, llamémoslas denominacionales o no, deberían ser revisadas con mente abierta a la luz de la Palabra, y si tenemos conciencia clara acerca de su legitimidad, observarlas, pero no esgrimirlas para machacar al hermano por el cuál murió Cristo y a quién él ha recibido. Sin olvidarnos de que fue esa gozosa experiencia de la comunión entre verdaderos creyentes, sin otro requisito que la evidencia de haber recibido vida en Cristo -rompiendo barreras denominacionales-, lo que constituyó la auténtica y novedosa seña de identidad de nuestros antecesores (las normas de homologación vinieron después).
Al proponer una senda "intermedia", nos exponemos a ser considerados relativistas por unos, y dogmáticos por otros. Pues bien, admitiendo nuestra humana propensión a equivocarnos, el hecho de no contar con la aprobación de ninguna de las partes, casi nos da la certeza de tener razón al no fomentar ni el relativismo ni el dogmatismo, sino... todo lo contrario.